Monterrey — Paseo
Paseo Santa Lucía
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Un río que no existía hace tres décadas y que hoy late en el corazón de Monterrey: 2.5 kilómetros de agua, puentes y luz que conducen del centro histórico al antiguo corazón siderúrgico de la ciudad.
Historia
El Paseo Santa Lucía es, ante todo, una obra de paciencia. Las primeras excavaciones comenzaron en 1996, pero el proyecto quedó detenido casi una década, atrapado entre cambios de administración y dudas presupuestales. No fue sino hasta 2005 cuando los trabajos se reanudaron con seriedad, y dos años más tarde la ciudad por fin pudo caminar junto a su propio río. La inauguración oficial ocurrió el 15 de septiembre de 2007, a cargo del entonces presidente Felipe Calderón Hinojosa, acompañado de autoridades estatales y municipales. Se convirtió en la obra emblemática del Fórum Universal de las Culturas Monterrey 2007.
La idea no nació de la nada. El paseo se inspira abiertamente en el célebre River Walk de San Antonio, Texas, ese canal sembrado de restaurantes y árboles que reanimó el centro de una ciudad vecina. Monterrey tomó la premisa y la llevó más lejos: hoy el Paseo Santa Lucía es reconocido como el río artificial más largo de América Latina, un cauce navegable que une dos de los grandes espacios públicos de la ciudad.

Qué ver y hacer
Lo más sencillo, y quizá lo más memorable, es simplemente caminar sus 2.5 kilómetros, que enlazan la Macroplaza con el Parque Fundidora. A lo largo del recorrido el agua se acompaña de fuentes, esculturas y relieves; entre ellos destaca 'La Lagartera', un mural monumental del oaxaqueño Francisco Toledo poblado de fauna acuática. Diecisiete placas informativas van narrando, casi como un libro abierto, la historia de Monterrey conforme uno avanza.
Quien prefiera no caminar puede recorrerlo en barco: embarcaciones con capacidad para alrededor de cuarenta pasajeros surcan el canal y ofrecen otra perspectiva del trayecto, sobre todo al caer la tarde, cuando se encienden las luces. El acceso al paseo es gratuito, lo que explica por qué es tanto un imán turístico como el lugar predilecto de las familias regiomontanas los fines de semana y por las noches.
Un detalle pasa fácilmente inadvertido y vale la pena buscarlo: un inukshuk, esa figura de piedras apiladas con forma humana que los pueblos inuit del Ártico usaban como guía en el paisaje helado. Fue un regalo de Canadá, una de apenas cinco de estas esculturas que el país donó a ciudades del mundo. Verla aquí, bajo el sol del norte de México y junto a un río inventado, resume bien el espíritu del paseo: un cruce inesperado de geografías.
Referencias